Cuando risa y llanto se confunden en la gente
Otra Navidad sin ver a mi gente

A escasos días de que se acabe el año, el frío comienza a apretar aquí en Madrid. Estas serán las cuartas navidades que paso en este lado del planeta. Lejos de los míos, o al menos de un alto porcentaje de ellos. Por eso estas épocas siempre están impregnadas de nostalgia, que es, según leí por ahí, la forma más hermosa de dolor.
Siempre pienso en el crimen, cometido por quienes concentran el poder en Venezuela, de haber roto y fragmentado tantas familias, amores y amistades. Un delito que debería estar penado por la ley.
Pero qué iluso soy, como si la legalidad les importara en lo más mínimo a esa gentuza…
También pienso que no tengo derecho a quejarme, viniendo de familias de migrantes que también tuvieron que dividirse y a las que nunca escuché con quejas como la mía. No sé si porque eran más desapegados o porque, cuando los conocí, no eran unos recién llegados y ya estaban curados de añoranzas.
Por supuesto, siempre puede ser peor, pude haber nacido en Gaza, por ejemplo, y me pudieron haber destrozado la existencia.
Pero mal de muchos, consuelo de tontos.
Mi queja no es nula.
Escribo esto con la frustración de mantener relaciones con amigos y familia a distancia. Una situación que no parece que vaya a cambiar pronto.
Ahora que termina el año, en esta celebración particular, donde alguien escogió arbitrariamente el primero de enero para medir que el mundo completa una vuelta al sol; en esta convención donde uno se traza metas que usualmente abandona en febrero, mi deseo es romper esa maldición familiar heredada que nos impide establecernos en un solo lugar.
Quiero lograr que mi árbol pueda echar raíces y que pueda crecer una familia grande. Que abuelos y nietos puedan envejecer y crecer en el mismo espacio con la oportunidad de intercambiar abrazos.
Que la era de miseria en Venezuela llegue a su fin.
Y que a la gente buena le vaya bien.
No sé si pido demasiado.
Apropósito de la distancia, escucha esta versión de El hijo ausente, de Çantamarta.
Cuando la oí, entró por el oído, atravesó al corazón y quizá —no lo admitiré—, provocó un leve lubricamiento ocular.
Dice:
Otro año que pasa y yo tan lejos
Otra Navidad sin ver mi gente
Madre, yo te pido humildemente
Que en el año nuevo me recuerdesQue en la mesa pongas un lugar
Para el hijo que no ha de llegar
Y, aunque yo no esté para brindar
Mi copa esté siempre a rebosarY al llegar la medianoche
Cuando risa y llanto se confunden en la gente
Mándame un abrazo fuerte
Y pídele a todos los presentesVamos a brindar por el ausente
Que el año que viene esté presente
Vamos a desearle buena suerte
Y que Dios lo guarde de la muerte
¡Feliz 2026!
Nos leemos pronto.
Salud 🍻


Querido Andrés, hace tiempo que no te leía y te apareces con esto que me ha (con)movido tanto. Gracias.
Un abrazo grande y afectuoso.